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sábado, 31 de enero de 2015

El Burgo Ranero, km. 370

Cuarto día de mi Aventura a Santiago; hoy iba a ser un día de frío y lluvia intensa. Gracias a las nuevas tecnologías, los peregrinos podíamos consultar la información actualizada de la previsión del tiempo, lo que evitaba que nos pudiera sorprender una tormenta por el Camino.


La previsión del tiempo era que empezaría a llover a partir de las 2 de la tarde, por lo que tenía tiempo suficiente de completar la etapa del día. En principio tenía previsto ir hasta Bercianos, 11km desde Sahagún. Iba bien de tiempo, por lo que empecé el recorrido a mi ritmo habitual: paseando.

Los peregrinos íbamos tapados hasta las orejas por el frío de la mañana, era difícil reconocernos hasta que no estábamos cerca. Al poco de salir me dio alcance el peregrino solitario; cruzamos unas palabras y nos presentamos: se llamaba Federico, venía de México. Caminamos juntos unos metros, y al poco nos despedimos deseándonos Buen Camino. 


Más o menos antes de mediodía me encontraba ya en Bercianos. Es un pueblo pequeño de unos 200 habitantes, y me acerqué al albergue Santa Clara para reposar y guardarme del frío. Era tan temprano e iba tan descansada por la corta etapa que había realizado el día anterior, que me estaba planteando seguir hasta la próxima población. Quedaba a tan sólo 8 km de distancia, que traducido en tiempo venían a ser unas 2 horas y media con paradas. 

El albergue de María Rosa era realmente acogedor, y ella un encanto. Tomé un té caliente junto a la lumbre, y estuvimos conversando mientras ella preparaba un puchero para la cena de los peregrinos. Me contó su experiencia haciendo el Camino y cómo fue que decidió abrir un albergue de peregrinos de donativo en Bercianos.

Descubrí que Colette se había alojado allí la noche anterior, había dejado el albergue justo unas horas antes de mi llegada. En fin, cuando hube recuperado fuerzas decidí seguir mi Camino hasta El Burgo Ranero. Recuerdo que salí de Bercianos con la sensación de haber descubierto una nueva forma de sentir el Camino, después de escuchar la experiencia de María Rosa. Ella me había aconsejado disfrutar de los pueblos, de las gentes, saboreando cada etapa y dejándome llevar por lo que me ofrecía el Camino.

Linda, del albergue de Bercianos
Por mis cálculos podía estar en El Burgo antes de que lloviera... pero no contaba con que, a la salida del pueblo, erraría el camino. No vi bien las indicaciones y me metí por un sendero entre los campos... al cabo de un buen rato me di cuenta que llevaba bastante tiempo sin ver las flechas amarillas: consulté mi guía, que describía que el Camino iba por un andadero con árboles junto a la carretera. Miré al horizonte a mi derecha... allí estaba, a lo lejos, el Camino. 

Por no cruzar los campos labrados y para asegurarme de que lo que veía era el Camino de Santiago, decidí volver sobre mis pasos hasta la salida del pueblo. Al poco, empezó a chispear. Al estar de nuevo en Bercianos no conseguía ver la siguiente flecha, por dónde iba el Camino. Hasta que una vecina me dijo amablemente: "¡Estos peregrinos! ¿Pero que no véis que el Camino va por ahí, junto a los árboles?"... Le di las gracias y seguí sus indicaciones. Entre una cosa y la otra, había perdido casi una hora, y añadido unos 2 km más a la etapa del día.


Empezó a llover, pero iba bien protegida con ropa de abrigo y mi capa impermeble Altus, que cubría también la mochila. Cogí un buen ritmo de marcha ayudada por mis bastones: tenía el propósito de llegar a El Burgo Ranero cuanto antes, pues se avecinaba una tormenta por la tarde. 

Conseguí mi propósito: antes de las 3 de la tarde ya estaba en un bar del pueblo dando buena cuenta de un bocadillo de tortilla de patata, acompañado por vino blanco del país. Era la etapa más larga que había realizado hasta el momento: 20 km.


El albergue municipal Domenico Laffi estaba atendido por un hospitalero voluntario de Castellón, que nos dio una cálida acogida y estaba todo el tiempo pendiente de nosotros. Si bien no había calefacción, disponíamos de mantas y una enorme chimena para calentar la estancia. Pero había que encender el fuego y sólo contábamos con enormes tarugos de leña... no había forma de que prendiera. 

El hospitalero intentó partir los troncos con un hacha, pero la leña estaba muy seca y era prácticamente imposible. Otros también probaron sin éxito. En eso, una peregrina nórdica, creo recordar que de Noruega, se ofreció a probar. Estaba robusta, y si bien había cortado leña de joven hacía muchos años que no practicaba. Pensábamos que sería imposible; salió fuera a la calle bajo una tormenta de agua y viento; aún así oíamos los hachazos. No os lo creeréis... entró de nuevo con un buen fajo de leña recién partida, lo que celebramos todos los peregrinos con una ovación. Al rato estábamos sentados junto a la lumbre.


Iban llegando más peregrinos al albergue, en eso que vi entrar a Sybille. Conocí a Sybille la noche anterior de reemprender mi Aventura a Santiago, cuando fui a cenar a casa de Lourdes y José (los propietarios del albergue Betania de Frómista, donde había pasado las Navidades el año anterior). Se trataba de una peregrina alemana amiga suya, que venía haciendo el Camino desde... Praga. Sí, habéis leído bien, Praga. Había salido de la puerta de su casa a principios del mes de junio, y se había propuesto recorrer a pie los más de 3.000 km que la llevarían hasta Santiago de Compostela. La noche que la conocí, llevaba ya más de 2.000 km recorridos, sentí un gran respeto y admiración por esta mujer.


Sybille había realizado anteriormente el Camino Francés en varias ocasiones, y tenía muchísima experiencia como hospitalera voluntaria. Lourdes insinuó que tal vez acabaríamos haciendo juntas el Camino... no iba tan errada. Si bien cada una fue marchando por su lado, llegamos a coincidir en la mayoría de las etapas, y llegaríamos el mismo día a Santiago de Compostela.



martes, 28 de octubre de 2014

Carrión de los Condes, km. 310


Amaneció un nuevo día, el primero en toda mi aventura a Santiago en que no sabía hacia dónde me iba a dirigir. Realicé el ritual de cada mañana: crema hidratante en los pies, volver a hacer la mochila paso a paso, desayunar algo caliente antes de la partida. Tenía claro que no iba a ir a Calzadilla de la Cueza (por las malditas chinches), pero tampoco me convencía coger el autobús e ir hasta Sahagún. Mi Camino se estaba desvirtuando.

Con mis compañeros coreanos nos dirigimos al bar donde venden los tickets del autobús, allí tomamos algo y dimos buena cuenta de un rico roscón de Reyes al que nos invitaron. Si, estábamos a 6 de enero. A mi amiga coreana le dolía bastante el tobillo, y de nuevo rechazó mi oferta de que la acompañara al centro de salud. Yo estaba ahí sentada, en el bar, sin saber hacia adónde ir: ¿un tren a Santiago? ¿Bus a Sahagún? Era incapaz de tomar una decisión, no podía seguir adelante. Necesitaba más tiempo para pensar. Y la respuesta la iba a encontrar caminando.

Decidí en ese momento que llamaría a Jesús, el taxista que me recogió el día anterior en Villasirga, para que me dejara en el mismo punto donde había terminado mi Camino. Iba a andar los 6 kms que me había saltado a la torera; andaría hasta Carrión de los Condes. Después, sabría qué dirección tomar.


El dueño del bar, un hombre muy majo, al saber de mis intenciones, se ofreció a guardarme la mochila (pesaría unos 7 kg) hasta que volviera a pasar por allí. Al principio dudé, pero luego acepté agradecida su ofrecimiento: era tontería cargar con más peso del necesario si podía evitarlo. Y así, casi a las 10 de la mañana, volvía a estar en Villalcázar de Sirga retomando el camino, dirección a Carrión de los Condes.

La etapa volvía a transcurrir al lado de la carretera, y casi no había desnivel. Fue un tramo monótono, pero lo prefería a hacerlo en coche: el poder ver el pueblo como se iba acercando desde el horizonte era precioso. En ese momento me di cuenta de que Carrión de los Condes ya me había ganado el corazón.


En fin, estaba contenta porque no iba a dejar ningún cabo suelto, ninguna etapa sin andar. Después de meditarlo paso a paso, descubrí que no me apetecía realizar atajos en autobús, ni ir a Santiago… mi último objetivo había sido llegar a Sahagún (unos 42km más lejos), pero decidí que Carrión era un bonito sitio donde finalizar mi Camino. Si nunca lograba volver para continuar, guardaría un muy buen recuerdo del final de mi experiencia. ¡VOLVIA A CASA!

Me habían hablado muy bien del Monasterio de San Zoilo, a las afueras de Carrión de los Condes: mis primos Ana y Patxi se habían alojado allí una noche cuando él hizo el Camino en bici. Por ser la última noche, me iba a regalar una estancia en un sitio mágico y lleno de lujos para una peregrina como yo (de ilusión también se vive…)

Llegué a Carrión y paré en el bar a recoger la mochila. Seguí el Camino cruzando todo el pueblo, estaba empezando a chispear. El Monasterio se encontraba al otro lado del río. A mi llegada, vi todo muy desangelado. Me acerqué a una puerta que daba a los jardines, y pude ver un cartel que rezaba que habían cerrado por vacaciones hacía un día o dos. ¡Mi gozo en un pozo!
Tampoco le di más importancia. Miré bien a mi alrededor, puesto que mi Camino se acababa allí. Y como con los años la memoria nos va fallando, tomé esta fotografía para recordar el punto hasta donde llegué:


Era 6 de enero de 2014, había empezado a caminar el 10 de diciembre de 2013; había hecho un total de 310km (igual alguno más), conocido a gente estupenda, pasé mucho frío, supe sobreponerme a los imprevistos del Camino y a seguir a pesar de las dificultades. Pero era hora de volver a casa, a mi hogar, a recuperarme de mis lesiones y a sentarme calentita al lado de la estufa de leña tejiendo mantas de ganchillo.

Volví sobre mis pasos y paré a comer en un bar, planteándome volver al albergue Espíritu Santo con mis monjitas; no sabía si me aceptarían una segunda noche. ¡Claro que me aceptaron! Me acogieron de nuevo con un calor humano incomparable.

Lo primero que hice fue comprar los billetes de vuelta a casa. Autobús a Palencia, tren a Madrid y de Madrid vuelo directo a Menorca, llegaría sobre las 20h.

Esa noche llegó al albergue un romano que iba a empezar el Camino al día siguiente desde Carrión de los Condes. Disponía de pocos días, me dijo que igual lo combinaba con el autobús, pues quería llegar a León. También se alojaron un grupo de estudiantes de USA, que habían llegado con su profesor de español a hacer un tramo del Camino de Santiago. Eran universitarios, súper simpáticos, tanto que me fui a cenar con ellos a una hamburguesería, a celebrar mi despedida del Camino. Fue una noche muy especial, compartiendo risas y cervezas.


Ya en el albergue, a punto de ir a dormir, fui consciente de que, 24 horas más tarde, volvería a estar en casa. Me sentía orgullosa de mi hazaña. Nunca, en mis sueños más fantásticos, hubiera podido imaginar que fuera capaz de vivir esta aventura, y mucho menos, en solitario. Bueno, acompañada de todos los peregrinos y buena gente que en algún momento compartieron el Camino conmigo, uno nunca está realmente solo…

Al día siguiente volví al bar donde estuve el día anterior para comprar el billete de autobús a Palencia. El dueño volvía a estar allí, me deseó un buen viaje y comentamos con él que, efectivamente, Carrión de los Condes era un buen lugar para, quizás en el futuro, volver a retomar el Camino, mi Aventura a Santiago. Me dijo que ellos me estarían esperando. Me quedé con eso, con la esperanza de poder volver algún día donde lo dejé y continuar mi Camino hasta Santiago de Compostela.

¿Habrá segunda parte?



jueves, 23 de octubre de 2014

Población de Campos, km. 293


La siguiente etapa, 4 de enero de 2014, se presentaba con 9,2 km por delante hasta Población de Campos, con parada en el km. 6 en Frómista para comer.

Lourdes quería venir a recogerme a mi llegada a Población para que volviera a su albergue, pero mi idea era, si todo iba bien (aún estaba probando cómo reaccionaba mi rodilla al volver a hacer kilómetros), dormir en el albergue de Población. Ella me lo desaconsejó, puesto que no estaba en las mejores condiciones. Pero no me sentía bien yendo y viniendo con el coche, debía seguir adelante. Por otro lado, ya había abusado bastante de la hospitalidad de esta pareja; debía seguir mi Camino por mis propios medios o volver a casa.


Salí de Boadilla temprano y creo recordar que ya al inicio tuve que colocarme la capa de lluvia. Ese día hacía bastante viento. Casi todo el trayecto hasta Frómista transcurre junto al Canal de Castilla. Yo pensaba… ¡qué bonito!, todos hablaban tan bien de ese tramo… para mí fue infernal. Después de haberme refugiado en unos palomares junto al Camino para comer algo y reponer fuerzas, empezó a moverse un vendaval y caer una fuerte lluvia, que a duras penas me dejaba avanzar. No estaría ya muy lejos de Frómista. Había rachas de viento que me azotaban por el lado izquierdo, que debía contrarrestar con el bastón, puesto que no podía apoyarme en la pierna derecha por mi rodilla. Cada vez me acercaba más la orilla del Canal. Y sus aguas estaban turbulentas. De repente, sentí miedo. Miedo a que, por mi debilidad, una racha de viento me hiciera tropezar e ir directa al Canal, ¡no quería ni pensar lo que me habría podido pasar luego! Tuve un momento de pánico, pero logré serenarme enseguida y seguir ante la adversidad, puesto que no había ningún sitio donde refugiarme.

El apuro pasó. La capa estaba empapada, pero mi cuerpo estaba seco, conservaba el calor y me sentía bien; la rodilla seguía igual, ni mejor ni peor, y no me dolía. No había de qué preocuparse. Lo que noté es que se me habían calado los pies. ¡Vaya! Mis botas goretex habían cedido ante tantos kilómetros y excursiones.

Llegué por mi propio pie a Frómista y lo primero que hice fue ir a un bar que había visto los días anteriores a tomar algo caliente y comer un poco; entré, y tenían caldo casero, ¡mi reconstituyente preferido en el Camino! Pedí en la barra y vi sentado en una mesa a un joven que no podía negar ser un peregrino camino a Compostela (lo había visto antes por la calle cargando su mochila). Me acerqué a darle conversación, y acabé sentándome en su mesa. El tomaba un pacharán para calentarse, pero al verme degustar un buen caldo reconstituyente no pudo menos que pedirse otro para él. Conversamos sobre el Camino, sobre nuestro lugar de procedencia. No recuerdo su nombre, sólo que era pelirrojo y venía de Australia (o era de Escocia? Ay ….)

Al terminar de comer volví al albergue Betania a por, esta vez sí, mi mochila, con todo mi equipaje. Iba a seguir hasta Población de Campos. Me despedí emocionada de Lourdes y de los peregrinos que seguían allí alojados, con la promesa de volver a Frómista algún día.


Me quedaba más o menos una hora / hora y media de camino, teniendo en cuenta al ritmo que andaba debido a mi cojera. El piso no presentaba ninguna dificultad, puesto que todo el camino transcurría por un andadero sin desnivel al lado de la carretera. Pasaban los minutos, y cada vez que volvía la cabeza, parecía que no habia avanzado en absoluto. Es lo que tienen los Campos de Castilla.

El albergue de Población era muy, muy básico. Atendían dos hermanas propietarias del Hotel Rural Amanecer en Campos, yo conocí a Inma. Súper simpática, me recibió con una copa de tinto del país. Me dijo que tenía habitaciones en el Hotel disponibles, y que en el albergue se hospedaba un peregrino que regresaba desde Santiago e iba de vuelta a su casa. Le dije que el albergue estaría bien.

En esos momentos, cualquier cosa que se me ofreciera era bien recibida y estaba agradecida por la hospitalidad de esas gentes. Me sentía feliz de haber finalizado la etapa con éxito, y de haber vuelto a la Aventura. Estaba en el momento más introspectivo de mi viaje, en el que más intensamente vivía mi condición de peregrina a Santiago de Compostela.

Ese día Inma estaba esperando a unos cuantos clientes que llegaban al hotel y estaba sola, aunque necesitaba acercarse a Carrión para comprar pescado para la cena. Me pidió si yo podría quedarme en el Hotel para avisar a los clientes que llegaban que esperaran a su regreso; acepté encantada, puesto que, mira por dónde, mi profesión es la de recepcionista de Hotel, con lo cual estaba feliz de poder echar una mano. Como muestra de agradecimiento por mi servicio (atendí 2 llegadas, acompañándoles a sus habitaciones), me invitó a cenar en el Hotel, junto con el otro peregrino alojado en el albergue. Tenía en el salón-comedor una estufa de pellets, ¡era imposible negarse!


La historia del otro peregrino con el que compartí cena y alojamiento era realmente curiosa: venía de Santiago y se dirigía a la casa de sus padres en Barcelona. Aunque no era esa la peculiaridad, sino que viajaba sin nada de dinero, sobrevivía con la caridad de la gente. No, no era un indigente, como podríais pensar. Este chico de unos cuarenta años (no recuerdo su nombre, vaya… quizás Juan?) había estado viviendo en Oviedo, hasta que, por la crisis, se quedó sin trabajo, como tanta gente a la que conocemos en las mismas circunstancias. El es originario de Barcelona, por lo que toda su familia estaba lejos. Llegó un momento en que se le acabaron todas las ayudas y se había quedado sin ingresos, y se resistía a volver con su familia.

Cuando no vio otra opción decidió volver a casa; no aceptó que su hermano le pagara el billete de regreso, y salió de Oviedo dirección a Santiago de Compostela. Al finalizar el Camino, empezó el de regreso a su tierra natal, Barcelona.

Estuvimos hablando un buen rato sobre el no tener dinero, cómo sobrevivir fuera del sistema. A él no se le hacía fácil viajar así, le costaba cada vez que tenía que pedir caridad, un techo donde cobijarse y un plato de comida. Me contó que cada vez que entraba en un albergue le recibían de buen grado, pero que, al decirles que no tenía dinero para pagar, todos los hospitaleros cambiaban la cara.
-       Excepto Inma, ella ha sido la única que, después de decirle que no tenía nada, ha seguido sonriéndome. Es una gran mujer – dijo.

Otras veces tenía que pedir dinero a los otros peregrinos, y que siempre se sentía mal. Me contó que, al iniciar su aventura, pensaba que siempre tendría el apoyo de la Iglesia como último recurso, que era la que durante siglos acogió a los peregrinos. Pues no, los curas fueron los que más le decepcionaron. Ni una sola vez le acogieron en una iglesia o parroquia, ni le dieron un plato de comida. Estábamos a princicios de enero. En cambio, le sorprendieron gratamente los pequeños dueños de bares y restaurantes, fueron los que más le ayudaron y no le negaron un plato de comida. La gente llana, del pueblo. Los que realmente sostenemos y levantaremos este país.

Esta historia me hizo pensar mucho sobre la solidaridad de la gente, de lo egoístas que somos en general, y de la suerte que he tenido yo de momento en la vida al no tener que pasar por este tipo de penurias.

Pero en fin, nos fuimos los dos hacia el Hotel a cenar, compartiendo mesa. Los otros clientes alojados también cenaban en el hotel (en Población creo que no había ningún bar abierto). Inma nos preparó una cena riquísima: un puré calentito y de segundo un pescado a la plancha… ¡todo un lujo para unos peregrinos! Tuvimos una charla amena con mi compañero, me dijo que había trabajado de camarero durante muchos años. Hablando de otros peregrinos me contó que se había cruzado con un misionero salesiano… ¡había conocido a Máximo! ¡Qué alegría tuve de saber de él! Le había visto unos días atrás en León, debería estar ya en Galicia, a unos días de su destino.


Inma, la pobre, estaba sola en la cocina y el comedor. Cuando se hubieron ido los clientes, nos ofrecimos a echarle una mano. Entre Joan (creo que éste era su nombre) y yo recogimos el comedor, y como tenía la cocina toda patas arriba, nos metimos también a ayudarla a limpiar. Lavavajillas, secar copas…. Nos reímos mucho ese rato. Inma nos tenía bien entretenidos con sus historias. Ahí estaba yo, una menorquina con la pata coja, en una cocina gélida (no había calefacción, debíamos estar a 3 o 4 grados en el exterior), con una palentina y un barcelonés, compartiendo risas y nuestras historias. Fue una noche mágica.

Ya eran como las 2 de la mañana cuando nos retiramos, y me esperaba al día siguiente otra etapa más, debía seguir mi Camino. Me despedí de Inma hasta la mañana siguiente, en que iría a desayunar. Me acosté en la litera finalmente… hacia mucho frío en la habitación, sólo disponíamos de uno de esos calefactores para el baño. Las ventanas son de esas antiguas que no cierran bien y se colaba el aire helado por las rendijas. Me metí en el saco de dormir con toda la ropa que pude, el gorro en la cabeza, jersey polar… aún así, me costó conciliar el sueño. Dormía con el cabecero hacia la ventana, y el aire helado me llegaba a la coronilla. Tenía frío. Al cabo de un buen rato, finalmente, caí rendida y dormí profundamente.


lunes, 20 de octubre de 2014

Boadilla del Camino, km. 284

Había organizado la vuelta al Camino de Santiago con Lourdes, la dueña del albergue Betania de Frómista. Como cojeaba bastante y no podía hacer muchos kilómetros, me dijo que ella me llevaría en coche a Itero de la Vega y que andase hasta Boadilla (8 km), que luego volvería a por mi. Al día siguiente, otro tramo, dejándome ella y recogiéndome después. Al principio no me atraía mucho la idea, pero vi que era la única forma de volver al Camino.

¿Por qué regresé? Quise volver a intentarlo, no tirar la toalla a las primeras de cambio y, sobre todo, no quería volver a casa con el regusto de la mala experiencia del último día de mi Camino. Como cuando uno se cae de la bici: hay que volver a pedalear enseguida.


Después de un día de descanso en Betania (José y Lourdes, encantadores, se portaron conmigo de maravilla), ella me acompañó a Itero de la Vega, población donde había cogido el taxi 10 días antes. Iba a caminar con peso mínimo, puesto que mi mochila se quedaba en Betania. Por delante una etapa de 8 km, estaba chispeando y hacía viento. Aunque yo, ¡feliz de la vida por volver! Y si no, juzgad por vosotros mismos…


La etapa no fue dura, aunque se me hacía interminable. Ya de sí los paisajes de Castilla con sus planicies hacen el Camino bastante tedioso, y si además uno va andando con paso de abuelito, ¡ya ni os cuento! Me iban adelantando algunos peregrinos, y me sentía acompañada de nuevo.


Estas últimas etapas ya no las viviría como hice al principio, eran días de introspección, de reflexión. De hecho, en alguna de ellas casi no saqué fotos. Me sentía como si estuviera buscando un sentido a toda esta experiencia, respuesta a las preguntas que me había planteado durante mi Aventura a Santiago.

Debí tardar unas 4 horas en llegar a Boadilla del Camino, y paré en el albergue al que fui de visita el día de Navidad. Comí algo, y Lourdes pasó a recogerme más tarde.


Compartí alojamiento esa noche con peregrinos coreanos; una peregrina enfermó y tuvo que quedarse también un día más en Betania. Yo ayudaba en las tareas de limpieza y bienvenida a los nuevos peregrinos. Compartíamos lo que teníamos en la cena; yo preparé un puré de calabaza que dejó maravillado a un cocinero coreano… todo estaba buenísimo, y el ambiente era increíble.


Había superado el primer día; según como fuera al siguiente decidiría si proseguir o no mi Aventura a Santiago.

jueves, 2 de octubre de 2014

Hospital de Frómista I

23 de diciembre de 2013

El taxi me dejó en la puerta del albergue Betania. Llamé al timbre, y Lourdes vino a abrirme. ¡Que gran mujer! Me recibió calurosamente y me acompañó al albergue, un pequeño apartamento en planta baja con 5 camas, que es de donativo. Justo entrar hizo que me sentara y me preparó una infusión calentita, me ofreció unas galletas. Hablamos un poco, me explicó el funcionamiento del albergue y pude instalarme. Lourdes es catalana, y el poder hablar con ella en mi lengua materna me hacía sentir aún más en casa.

Después de una ducha bien caliente todo se ve de otra manera, aunque estaba muy congestionada y cojeaba bastante. Me acerqué a urgencias pasito a pasito, y la médico me examinó bien la rodilla. Me diagnosticó lesión en el menisco interno, y me mandó para casa. Sí, como oís. Que me fuera a casa y me visitara allí un especialista, si no quería que la cosa fuera a peor.


Fui a una tiendecita muy cerca del albergue y compré provisiones. Como Lourdes y José, su marido, me vieron tan mal y pensaban que esa noche estaría sola en el albergue, se ofrecieron a hacer ellos la cena y bajar (viven en el piso de arriba) a compartir mesa. Después llegaron dos peregrinos más, dos coreanos muy majos. En fin, que al final nos juntamos 5 en esa acogedora casita de Frómista.

Como los médicos me mandaron a casa y no estaba para ir a Santiago ni en tren ni en avión, José me dejó utilizar su ordenador para comprar el billete de vuelta a Menorca. Iba a quedarme la Nochebuena también con ellos, miré para irme el día de Navidad. Al parecer no debía regresar aún, porque se me bloqueó una ventana mientras estaba haciendo la compra, y al refrescar la página sucedió que había comprado un billete salida a las 7am el día de Navidad desde Madrid, ¡era imposible que llegara! Intenté hacer el cambio llamando por teléfono pero esa tarifa no lo admitía. Me ofusqué tanto que me intenté olvidarme del tema y me fui a cenar.


Hablé con mi familia: el 26 de diciembre mi prima Ana y su marido Patxi iban a pasar sus vacaciones en Pamplona hasta Año Nuevo, y me sugirieron que, en lugar de tomar el vuelo sola, fuera el 26 en tren a Pamplona y me quedara con ellos para volver juntos a Menorca. Necesitaba pensarlo.

Día de Nochebuena, 24 de diciembre de 2013

El día de Nochebuena amaneció con lluvia y fuerte viento, el tiempo empeoraba. La verdad, había sido una suerte que no me pillara un temporal durante mi peregrinación, estábamos en diciembre. Podía quedarme los días que hiciera falta en Betania, a cambio echaba una mano a Lourdes en la puesta a punto de la casa. Cambiábamos las sábanas, tendía la ropa, hacía un poco de limpieza… dejábamos todo en orden. La verdad es que en este albergue hay de todo, cada cosa en el sitio adecuado, no falta el más mínimo detalle. Eso me hacía sentir bien, como en casa.


Esa noche iba a cenar de nuevo con José y Lourdes, y con los peregrinos que llegaran ese día al albergue. Yo participé preparando algo de cena (no recuerdo el qué). Estuvimos esperando a más peregrinos, pero ese día no paró ninguno en Betania.

Cenamos en su piso, José y Lourdes y me contaron su historia: se conocieron en el Camino. Lourdes estaba de hospitalera en un albergue y llegó José enfermo, ella le sugirió que se quedara hasta recuperarse. Fueron amigos durante mucho tiempo… hasta que finalmente surgió el amor y se casaron. Una historia preciosa.


Los dos son veteranos del Camino de Santiago, y tienen muchísima experiencia. Me pidieron que reflexionara bien si abandonaba definitivamente el Camino, que igual con unos días de reposo la rodilla mejoraba y podía proseguir, aunque más despacio. Ya que disponía de tiempo, si decidía pasar unos días en Pamplona y volver luego al Camino, ellos me estarían esperando con los brazos abiertos y dispuestos a ayudarme en las primeras etapas.

Después de cenar fuimos a la misa del Gallo, hacía muchísimos años que no oía misa ese día, y me hacía especial ilusión. Sería por la noche tan fría y el mal tiempo que hacía, que vinieron muy pocos vecinos. Pero bueno, los que éramos, celebramos juntos la llegada de la Navidad.

Día de Navidad, 25 de diciembre de 2013

Cuando uno no se encuentra bien de salud cuesta tomar decisiones o dar un paso adelante. No tenía yo muchas ganas de volver a Menorca, por lo que decidí que al día siguiente tomaría el tren a Pamplona e iría a pasar unos días con mis primos, aprovechando para ir al traumatólogo del hospital.

Por la mañana me vino a buscar Lourdes para dar una vuelta con el coche, ¡me llevó de visita turística por los alrededores! Como no podía caminar, me paseó por Frómista, explicando con detalle su historia y los monumentos (¡qué buena guía eres!);  fuimos también a Boadilla del Camino y paramos a tomar un té en el albergue abierto. Había un peregrino en el porche; me dio envidia sana cuando le vi en forma haciendo un alto en su Camino; el mío había finalizado dos días antes en Itero de la Vega.


Esa noche llenamos el albergue, llegaron 4 peregrinos más: Ivette, Suzette, Imre y Donini. Las dos mujeres caminaban juntas, los chicos se habían hecho compañeros en el Camino.

Las dos mujeres hicieron spaguetis y me invitaron a compartir su cena, lo que acepté gustosamente. Imre, el chico húngaro, estaba cocinando también, olía que alimentaba. ¡También probé de su cena, qué rico!


La última noche en el albergue, con un buen ambiente de compañerismo y diversidad cultural, sintiéndome algo mejor, y debía marcharme al día siguiente.. qué pena.

26 de diciembre de 2013

Preparada para partir, Lourdes vino a despedirse de mí. Nos dimos un fuerte abrazo; esperábamos volver a vernos algún día si retomaba mi Camino. Lo que no tenía ni idea es que fuera tan pronto…


Me fui caminando despacito hasta la parada del autobús, primera hora de la mañana. Temperatura 0 grados. Lucía un espléndido sol después de la tormenta de los últimos días, y pude contemplar la belleza de la Iglesia de San Martín de Frómista en toda su plenitud.

Sólo había en mí sentimientos de agradecimiento hacia este precioso lugar que me acogió en mis momentos más bajos y me ayudó a que me levantara de nuevo para poder proseguir con mi Aventura a Santiago.



miércoles, 1 de octubre de 2014

Itero de la Vega, km. 276

Castrojeriz, última población de la provincia de Burgos en el Camino de Santiago. En este nuevo día que empezaba, estaba a punto de alcanzar mi tercer objetivo: atravesar la provincia de Burgos. ¿Debía continuar otra provincia más? Tenía mis dudas.

Mi idea era completar en esta etapa Castrojeriz–Frómista (25km) y en la siguiente, 24 de diciembre, Frómista-Carrión de los Condes (19 km), donde pasaría la Nochebuena.


Al levantarme por la mañana estaba lloviendo. Era lunes, y el día anterior (por ser domingo) no pude comprar provisiones para el Camino; aunque me informaron que en Itero de la Vega, a 11 km, había un albergue con bar y tienda abierto, donde me podría abastecer.

Aún tomando antiinflamatorios y aplicando hielo, la rodilla me molestaba esa mañana, cojeaba bastante. Había quedado el día anterior con la dueña del albergue Betania de Frómista (Lourdes, ya os hablaré más de ella) que me hospedaría en su casa. Estudié bien la etapa: justo al inicio había que salvar la subida a Mostelares con una pendiente del 11%. Tomé el desayuno que me ofrecieron en el albergue y me dispuse a salir.


En fin, los últimos kilómetros de la provincia de Burgos fueron los más duros emocionalmente que viví en mi Aventura a Santiago. Me cubrí con mi capa para protegerme de la llovizna y empecé a caminar, poco a poco. Al principio, aún me quedaban ganas para sacar alguna foto. Al cabo de un rato, en la subida a Mostelares, me alcanzó una pareja de peregrinos; venían de Hontanas. ¡Qué no hubiera yo dado en ese momento para poder estar bien físicamente y tener un compañero de Camino como ellos! Me entristecí. La dureza de la etapa estaba sacando mis emociones a flor de piel.

A duras penas logré alcanzar el alto, ¡pero allí estaba! Dicen que lo mejor es la vista desde ese punto sobre la Tierra de Campos, pero, como ya era habitual en mi Camino, estaba nublado y con bruma. Lo que no esperaba era encontrarme con el siguiente cartel, anunciando el desnivel de bajada:


Tardé una eternidad en llegar abajo. Además, me había resfriado. Debí coger frío el día anterior, o quién sabe… Y ¡vaya! casi no me quedaban pañuelos (no había encontrado tienda abierta en las dos últimas poblaciones..)

En fin, la verdad es que ahora, al recordarlo, casi puedo reirme de ello, menos mal. Estaba sola bajo la lluvia, en medio de Tierra de Campos, cubierta con una capa negra (parecía una jorobada), con un resfriado del copón, intentando sortear los charcos entre el barrizal que se presentaba ante mí, la rodilla dándome unas dolorosas punzadas… Me sentía tan impotente, tan sola y desemparada, que empecé a llorar desconsoladamente.
- ¿Por qué? - preguntaba gritando - ¿Por qué los momentos difíciles de la vida tengo siempre que enfrentarlos yo sola?

Y como si las cosas van mal, pueden aún ir peor, el Camino se convirtió en un verdadero barrizal. Vamos, los Montes de Oca fueron moco de pavo comparado con esto. Cada paso que daba se me iba pegando fango a la bota, de manera que casi no podía levantar el pie del peso; me ayudaba con el bastón para liberarme de vez en cuando del pan de barro que se formaba. Había además surcos de ruedas de tractores que, después de haber labrado los campos, salían por ese tramo del Camino cubriéndolo todo de tierra fangosa.

Esos 4 km fueron un horror, y no me ayudaba el hecho de que mentalmente me lo hubiera tomado como una tortura. Pero como todo tiene su final, logré salvarlos, llegando a una carretera. ¡Qué bien! pensé, ¡no más barro! Aunque el asfalto acabó de fastidiarme más la rodilla; las punzadas eran ahora continuas. Empecé a ser consciente de que, para mí, el Camino de Santiago se acabaría allí. No podía seguir más, temía provocarme una lesión más grave.

Antes de empezar mi Aventura a Santiago imaginaba que no sería capaz de llegar a Santiago de Compostela andando los casi 800 km que había desde Pamplona, con el agravante de intentarlo en pleno invierno (es cuando dispongo de vacaciones). Me decía a mí misma que, si debía abandonar por cualquier causa (una lesión o una gran tormenta), cogería un tren y llegaría a Santiago igualmente, e iría a abrazar al Santo.

A menos de 2 kilómetros de Itero de la Vega, crucé el puente Fitero sobre el río Pisuerga, entrando finalmente en Palencia. ¡LO HABIA LOGRADO!. Me sentía llena de orgullo. Me senté en un banco ya en la nueva provincia, comí los restos creo que de una magdalena de un par de días antes, y me dije a mí misma que era hora de abandonar. Había estado recorriendo el Camino de Santiago durante 13 días como lo hacían los peregrinos  antiguamente, en soledad, con pocas comodidades, bajo el frío y la lluvia, durante el duro invierno de albergues y locales cerrados, sujetada únicamente por la hospitalidad de las gentes de las tierras por las que iba pasando y el calor humano de los compañeros que eventualmente me iba encontrando. Si seguía, si llegaba a Santiago, sería como una peregrina del siglo XXI, no tenía sentido hoy en día tanto sufrimiento.  


Hice un último esfuerzo y llegué a Itero de la Vega, donde justo a la entrada está el albergue Puente Fitero. Entré en el bar y el dueño me atendió muy amablemente, algo que se agradece enormemente teniendo en cuenta las pintas y el estado en que llegué yo ese día. Lo primero que hice fue tomarme un cortado caliente y comer algo. Había un peregrino al otro lado de la barra, bebiendo un pacharán. Otra manera de calentar el cuerpo en el frío invierno…

Cuando hube reaccionado, intenté pensar y poner en orden mis ideas. En el Puente Fitero ofrecían habitaciones, aunque el albergue municipal estaba también abierto. Podía quedarme allí esa noche. La otra opción era coger directamente un tren a Santiago de Compostela: consulté con el hospitalero las combinaciones posibles. Podía estar en Santiago esa misma noche. Pero antes, debía llamar al albergue de Frómista para avisarles de que no iba, me estaban esperando.

Cogí el teléfono y lláme. Le expliqué a Lourdes lo que me había pasado, que estaba en Itero y no podía llegar a Frómista, y que abandonaba el Camino. Me sugirió que fuera igualmente a su albergue a dormir, que pidiera un taxi que me llevara (estaba a 14 km de distancia) y que descansara en su albergue unos días hasta recuperarme y pasara la Navidad con ellos (al día siguiente era ya Nochebuena). Además, en Frómista se encontraba un centro de salud, por lo que, si iba, podría visitarme el médico esa misma tarde.


No contemplé al momento esta opción. La primera, que era la de coger el tren directamente a Santiago, la descarté, puesto que no podía casi andar y no me veía yo como para caminar por los andenes de las estaciones, y en Santiago capital intentando llegar a la Catedral o buscando alojamiento de noche… era una locura. Había que tener en cuenta además la mañana que había pasado y el estado (físico y emocional) en que me encontraba. Además, la previsión del tiempo daba a partir del día siguiente tormentas y viento fuerte en toda la península, ¿cómo me iba yo a manejar en Galicia? No me sentía con fuerzas. Lamentándolo mucho, tuve que descartar esta opción.

Me acerqué al albergue municipal con la idea de quedarme allí esa noche, ya pensaría qué hacer al día siguiente. Necesitaba una cama y descansar. Llegué y no había nadie en ese momento (otra vez, como en Castrojeriz) y qué queréis que os diga… debía ser de lo mal que me encontraba que no estaba dispuesta a quedarme en un sitio como ése. Realmente no era malo, pero no había calefacción y era como un aula de colegio repleta de camas; un lujo para un peregrino, cierto, pero para alguien como yo que ya había tocado fondo ese día, era echar aún más leña al fuego.


Decidí llamar a un taxi. Y allí, delante del albergue Puente Fitero, me subí al coche que me llevaría a Frómista, a casa de Lourdes. Después de trece días de peregrinación, volvía a la civilización. Era el fin de mi Camino a Santiago… ¿o no?